lunes, 3 de abril de 2017

VERÓNICA.


               

         El frío les sorprendió aquella noche y a pesar del fuego que encendieron no conseguían entrar en calor. Añadieron algunos troncos más para templar algo la estancia. Habían imaginado aquel instante en numerosas ocasiones, ya desde los tiempos del instituto, y por fin se había hecho realidad. Según lo acordado, todos traían una historia que contar. Comenzaron los relatos, casi todos con contenidos terroríficos, asesinatos, cementerios..., la tensión iba en aumento.

           Por fin llegó el turno de Isaías. Se levantó, adoptó una expresión seria y comenzó a relatar una leyenda con voz grave mientras se escuchaba el crepitar de la hoguera y los demás atendían sus palabras casi sin mover ni una pestaña:

          Sucedió en nuestro instituto hace algunos años. Me la contó el conserje, Félix, ese hombre tan siniestro que sólo su presencia atemoriza. Por cierto, ¿sabéis que dicen que asesinó y despedazó a un alumno? Bueno, esa historia ya os la contaré otro día - Isaías estaba consiguiendo asustar al grupo-. Ésta le ocurrió a unos chavales hará unos siete años, cuando decidieron jugar a la ouija en el gimnasio. Unieron sus manos sobre el vaso y comenzaron a moverlo... "Espíritu ¿estás ahí?". "Espíritu ¿estás ahí?". No se sabe muy bien lo que sucedió, pero el vaso se desplazó hasta la casilla del SÍ, alguien gritó y el pánico comenzó  a apoderarse del grupo, estaban atemorizados, sólo había una excepción: ¡Verónica! Una chica de cabello rizado y pelirrojo que nunca se tomaba nada en serio. Se levantó entre bromas: "¡Esto no hay quién se lo crea!", se la escuchó decir mientras se dirigía hacia la puerta con la intención de marcharse. El caso es que sin darse cuenta -ninguno supo explicar después cómo sucedió-, tropezó con algún objeto del gimnasio y se precipitó contra la estantería en la que se apilaban las pesas de musculación. El mueble osciló y varias se estrellaron contra el suelo, con tan mala suerte que una de ellas se empotró en la cabeza de Verónica. La chica quedó paralizada, exánime, hasta que un delgado hilo de sangre comenzó a recorrer su cara. Los ojos, entornados, se le quedaron en blanco y se derrumbó como si tuviera las piernas de barro. Esa noche cambió la vida de aquellos muchachos; de hecho Félix me contó que varios de los chicos siguen aún en tratamiento psiquiátrico y uno de ellos, Israel, que al parecer llevaba unos meses saliendo con Verónica, ni siquiera ha podido recuperar el habla desde el trágico incidente. En el instituto se rumorea que el espíritu de Verónica sigue vagando por los pasillos, y que si una joven se coloca sola frente a un espejo con una vela encendida y repite tres veces el nombre de la infortunada, puede contemplar su propia muerte a través del cristal.

                -¡Tú estás de coña! -exclamó jocosa Elvira.
                -¡Esto no hay quien lo crea!... ¿Y dices que sucedió en nuestro instituto?
                - De coña, ¿dices? -contestó Isaías, acaso tocado en su orgullo. -Pues si verdaderamente estás convencida de que se trata de una mentira, quizá lo podamos comprobar. Yo estoy seguro de que todo lo que he contado sucedió realmente. ¿Qué te parece si alguna de estas tardes, cuando el instituto esté vacío, nos colamos, entras sola en el baño y repites frente al espejo tres veces el nombre de Verónica?
                 -¡¡Uuuhhhhhhhhh, qué miedooooooooo!!! Pues claro que lo haré, no soy una cobarde como tú y los demás! -exclamó con aire de superioridad.

                  A la semana siguiente el mismo grupito se concentró en la parte trasera del instituto. Casi todos conocían un pequeño recoveco por el que, en alguna ocasión, se colaban en el recinto para fumar o simplemente para esconderse. Con el convencimiento de que nadie les observaba avanzaron, localizaron la ventana que previamente habían dejado entreabierta y, sin muchos esfuerzos, entraron en el edificio ahora vacío. Elvira iba a la cabeza del grupo; del bolsillo trasero de su vaquero sobresalía la vela que pensaba encender. Cuando todos estuvieron dentro, Isaías apoyó la mano en el hombro de Elvira y le susurró:

                    -Bueno, amiga... ¡Es hora de ser valiente! Te esperamos en el vestíbulo de la entrada. 

                     Elvira recorrió el pasillo en penumbra para dirigirse al cuarto de baño. Lo que al principio se planteó como un juego inocente, ahora, mientras caminaba por aquel reciento solitario, le pareció una banalidad a la que no se tenía que haber prestado. Pero a lo hecho, pecho. No podía ya echarse atrás y quedar como una miedosa frente al grupo.

                   Entró en los servicios, y al pulsar el interruptor descubrió con fastidio que no funcionaba la luz. Sólo se colaba algo de claridad a través de las ventanas.

                   -¡Mierda, esto ya no me está gustando nada!

                   Con cierto nerviosismo sacó de su bolsillo la vela y un mechero. La prendió delante del espejo.

                    - Verónica...

                    La primera vez que pronunció el nombre, muy bajito, sintió que tenía la boca seca, con un regusto amargo.

                    -¡Verónica!

                    Esta vez intentó pronunciar el nombre con más fuerza:

                     -¡¡Verónica!!

                     Súbitamente quedó paralizada frente a la imagen que le devolvía al espejo. Pudo verse a sí misma dentro de un ataúd rodeada de algunos familiares. Lo más terrórifico era que el aspecto que ofrecía era idéntico al actual, al presente. Era ella, y no daba la impresión de que hubiera pasado mucho tiempo. Aquella visión la dejó helada y de repente todo cambió. Pasó de la incredulidad al miedo en apenas unos segundos. Notó cómo sus piernas dejaron de responderla, le faltaba el aire, se apoyó sobre el lavabo intentando mantenerse en pie. Abrió el grifo del agua para mojarse la cara... ¡Necesitaba reaccionar!:

              -¡No puede ser! ¡No puede ser!

              Al levantar la cabeza, Elvira quedó aterrorizada. Observó que en el vaho que había cubierto el espejo algo o alguien había escrito una fecha: 27 de abril de 2006.

              -Pero... eso es... ¡mañana!...

              Presa de un ataque de pánico, el cuerpo de Elvira dejó de responderla; perdió el conocimiento y se desvaneció. El estruendo de la caída alertó a sus amigos, que se precipitaron hacia el baño. Lo que allí descubrieron les sobrecogió: Elvira al caer se había golpeado en la sien con un extremo del lavabo y yacía en el suelo en medio de un charco de sangre. En el espejo aún se podía leer la fecha del día siguiente, justo cuando Elvira... ¡descansaría en su ataúd!...

EXPLICACIÓN DEL POR QUÉ DE ESTA LEYENDA.

          Desde tiempos remotos los espejos han despertado un gran respeto. Se afirmaba que eran puertas a lo divino, a lo espiritual, a lo desconocido... a otro mundo, en definitiva.

         En la Edad Media romper un espejo era considerado como un insulto a las fuerzas divinas. El que tenía la mala fortuna de hacerlo era maldecido con siete años de mala suerte.

         Esta leyenda presenta numerosas variaciones; de hecho, en Estados Unidos cambian el nombre de la protagonista y de la historia, que se conocen como la "leyenda de Bloody Mary" o "de Mary Worth". En dicha versión, la joven debe repetir frente al espejo las fraes "María sangrienta" o "infierno de María".

       En nuestro país también circulan multitud de versiones: en unas se explica que hay que colocar varias velas frente al espejo; en otras es preciso estar desnudo al invocar; en algunas más se recomienda repetir el nombre entre tres y doce veces; aunque el final es casi siempre el mismo: la protagonista podrá contemplar en la imagen que le devuelve el espejo el espectáculo tenebroso de su propia muerte.

       Esta leyenda es una de las muchas relacionadas con el juego de la ouija. Su objetivo es convencernos de que practicar con el maldito tablero no es una buena idea. También quiere advertirnos de que realizar cierto tipo de rituales o conjuros sólo puede acarrear consecuencias funestas. 

Alberto Granados.

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