miércoles, 6 de febrero de 2019

LOS EGIPCIOS Y EL VAPOR.


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En el Antiguo Egipto las puertas de algunos templos se abrían a vapor. Los sacerdotes conocían la fuerza del vapor, aunque sin entenderla, y supieron aplicarla espectacularmente: cuando los fieles paleoegipcios veían las puertas del templo abrirse lenta, solemnemente, por sí solas, lo atribuían, mudos de espanto, a su Dios. 

No es éste un caso aislado: al emperador Domiciano un inventor romano le ofreció un diseño de una grúa que, en teoría al menos, funcionaba a vapor; no sabemos si habría dado resultado en la práctica, porque el emperador la rechazó, alegando que en Roma no hacían falta cosas así; para eso estaban los esclavos. 

Un inventor francés propuso a Robespierre un barco que se movía a vapor, y parece ser que éste estuvo interesado en la idea, aunque fue decapitado antes de poner en marcha cualquier estudio. 

Los primeros islandeses, que disponían en su isla de las bombas naturales de vapor más impresionantes que se han visto, no supieron aprovechar esa fuerza, y siguieron haciéndolo a mano o por tracción animal. Los géiseres islandeses, bien aprovechados, habrían podido convertir esa isla inhóspita en una auténtico paraíso.

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