sábado, 10 de diciembre de 2016

1229: UN HEREJE CRISTIANO EN EL TRONO DE JERUSALÉN.



En los varios siglos que duraron las Cruzadas, diferentes reyes europeos no dudaron en ponerse al frente de las mismas. Todos corrieron una suerte aciaga y ninguno llegó a conseguir la meta propuesta de hacer cristianos los lejanos reinos de Tierra Santa. Pero de entre todos ellos, sí hubo uno que tomó la ciudad de Jerusalén sin derramar una sola gota de sangre. Se trata de un personaje curioso en muchos aspectos, y que, paradójicamente, lo menos que deseaba en esta vida era embarcarse en una aventura como las Cruzadas. Es Federico II, el emperador germano nacido en Italia. 

Federico vino al mundo en Lesi, el 26 de diciembre de 1194, hijo de Enrique IV y Constanza de Sicilia. Era nieto de Federico Barbarroja, que participó y murió en la III Cruzada. Al fallecer su padre, cuando él apenas contaba cuatro años, fue nombrado rey de Sicilia. Pocos meses después moría también su madre y el niño fue puesto bajo la tutela del Papa. Nada hacía presagiar que Federico fuese a moverse de su patria de origen. Sin embargo, el destino le llevó por otros derroteros muy distintos a los que imaginaba el jovencísimo rey. 

El emperador alemán Otón IV fue depuesto y Federico fue el elegido para sustituirle, lo que sólo logró después de un conflicto largo y costoso para el que fue fundamental la ayuda del Papa. En 1220 Federico se coronó rey de Germania. Pero la ayuda papal tenía una contrapartida: la organización de una Cruzada. El Papa era en aquellos momentos Honorio III y el ideal cruzado una de sus prioridades que Federico iba dilatando hasta que se vio entre la espada y la pared. O Cruzada o excomunión. La excomunión de un soberano tenía una importancia enorme pues, de producirse, los súbditos se veían desligados del juramento de fidelidad hacia su rey. 

Federico se armó, en todos los sentidos, y en 1227 partió para Jerusalén con entusiasmo nulo. A los tres días de viaje regresó alegando que se había declarado una epidemia. Al Papa no le sentó nada bien la actitud de su antaño protegido y le excomulgó sin más, lo que tuvo efectos inmediatos porque, al año siguiente, Federico partió de nuevo iniciando la V Cruzada. 

A pesar del poco empeño que ponía Federico en la cuestión tuvo una suerte inmensa y, al llegar a las puertas de Jerusalén, el despliegue de su ejército asustó al sultán que le entregó la ciudad. Era la primera vez en la historia que un caudillo cristiano conquistaba la soñada ciudad sin que se produjera ni un solo disparo de flecha. Árabes y cristianos firmaron una tregua de 10 años y Federico casó con Yolanda, hija de Juan de Brienne, entonces rey de Jerusalén por lo que a la muerte de éste, en 1229, le permitió ceñir la corona de este reino. 

En cuanto pudo regresó a la Italia de sus amores decidido a no moverse de allí. Su conducta comenzó, al decir de la época, a volverse escandalosa y disoluta, por lo que fue excomulgado dos veces más: una por el papa Gregario IX en 1239 y otra en 1245, por el Papa Inocencio IV. Por su parte, sus vasallos alemanes comenzaron a sentir por él una mezcla de miedo y aversión. 

Poco le importó a Federico los dimes y diretes de Papas y vasallos. El rey de Sicilia creó en su entorno una corte culta y refinada, reunió una magnífica biblioteca y fundó en 1224 la Universidad de Nápoles. Corrió el rumor de que se había vuelto un ateo convencido y de que había escrito un libro en el que ridiculizaba a las tres grandes religiones monoteístas: cristianismo, judaismo e islamismo. Tampoco se libró de ser acusado de practicar la magia negra y otras malas artes. Murió en 1250, el 13 de diciembre y durante un siglo largo se mantuvo la leyenda de que seguía vivo, oculto en una cueva de las montañas Kyffhaüser, en Turingia, esperando que lo llamara el pueblo alemán para restaurar la paz del imperio.

viernes, 9 de diciembre de 2016

LAS NAVAS DE TOLOSA: PRODIGIOS, PROBLEMAS Y ARGUCIAS DE LA BATALLA MÁS DECISIVA DE LA HISTORIA DE LA RECONQUISTA.

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Los cristianos tuvieron que hacer frente, en la larga etapa de la Reconquista, a dos invasiones integristas musulmanas que llegaban del norte de África. La primera, la de los almorávides en el siglo XI que ya vimos que fue frenada por el Cid y la segunda, la de los almohades, a principios del siglo XIII. 

Los almohades eran guerreros bien organizados, con una fe ciega en el Islam primitivo, deseosos de recuperar el terreno que los cristianos habían conseguido ir recuperando con el paso de los años. Su llegada a la Península fue definida por las crónicas de la época como la de un mar de hombres. La amenaza para los reinos cristianos era muy grande y, por una vez, dejando a un lado sus diferencias, los reyes de Castilla, Alfonso VIII, de Aragón, Pedro II el Católico y de Navarra, Sancho el Fuerte, decidieron aunar sus fuerzas para hacer frente a un invasor que se juzgaba terrible. 

La amenaza era de tal calibre que el Papa Inocencia III declaró Cruzada a esta lucha contra el infiel, concediendo indulgencia y bula a todos los caballeros europeos que participasen en ella. Y para reforzar la ayuda divina decretó tres días de ayuno. 
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Pero los caballeros europeos pronto volvieron grupas porque las perspectivas de botín eran escasas, el terreno sobre el que luchar de una gran dureza, así como el calor agobiante que en junio hacia ya por estas latitudes. Además de todo esto, en cuanto llegaron a tierras hispanas se dedicaron a matar a los primeros infieles que encontraron, los judíos, que eran súbditos del rey de Castilla y protegidos del mismo. Hubo que parar la matanza y con ello los guerreros del continente perdieron mucho aliciente. 

Los tres ejércitos, con un pequeño contingente de franceses, cuya presencia era casi testimonial, se pusieron en marcha aunque la desproporción numérica entre cristianos y musulmanes era muy grande: 100.000 de los primeros por 400.000 de los segundos. 

EI20 de junio de 1212, las tropas aliadas, al mando de Alfonso VIII, dejaron Toledo y se dirigieron al encuentro de las tropas almohades al mando de Mohammed I, el famoso "Miramolín" de los cristianos. Aunque la aventura comenzó bien, porque conquistaron en apenas cuatro días el castillo de Malagón y se apoderaron de Calatrava, los almohades estaban confiados en sus fuerzas muy superiores. 

Alfonso VIII tuvo noticias de que el ejército musulmán se encontraba en las Navas de Tolosa, Jaén, y allí se encaminó el contingente cristiano que, además de contar con los ejércitos reales, se hallaba reforzado con las tropas de los obispos de Toledo, Palencia, Sigüenza, Osma, Ávila y Tarazona; los caballeros de las órdenes de caballería: el Temple, Calatrava y Santiago, así como el señor de Vizcaya y los condes del Rosellón, Ampurias, Barcelona y de Lara. Numerosos concejos y otros nobles contribuían también con aquellos voluntarios y tropas propias que habían querido participar en la batalla que se avecinaba. 
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La vanguardia de Alfonso se topó con un obstáculo casi insalvable: el desfiladero de Losa, donde fue recibida con una lluvia de flechas musulmanas. Ante aquel problema se celebró unconsejo en el que unos eran partidarios de la retirada, esperando un lugar más propicio para luchar y otros estaban decididos a mantenerse firmes en el intento. Mientras se especulaba sobre qué hacer y cómo hacerlo, llegó un pastorcillo al campamento cristiano con un mensaje para el rey castellano. Este pastor, Martín Halaja, conocía un camino por el que podían avanzar sin ser detectados por el ejército enemigo y que los situaría sobre la cumbre del desfiladero. Se mandaron exploradores para comprobar la veracidad de la información, que era cierta y, al día siguiente, la tropas cristianas coronaban la planicie donde se situaba n los musulmanes. Años después los cristianos convirtieron al zagal en San Isidro Labrador que les había socorrido en este trance, pero lo más seguro es que fuera un pastor sin más. 

La sorpresa de Mohamed I fue notable, pero decidió dar la batalla, a lo que se negaron los cristianos, que estaban derrengados por el esfuerzo de avanzar, durante toda la noche, por el sendero milagroso. Además, el día siguiente era domingo y por lo tanto no podían combatir en el día sagrado. 

El lunes 16 de julio se produjo el primer choque entre ambos ejércitos. La lucha fue durísima y los almohades rompieron las filas cristianas y casi alcanzaron el campamento de éstos. 

Alfonso vio que la situación era desesperada, pero no cabía más que combatir. Tenía por segura la derrota y así se lo manifestó al arzobispo de Toledo que luchaba a su lado, pero las palabras de ánimo de prelado le decidieron al contraataque. 
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Ahora se volvieron las tornas. La ferocidad de los que se creían ya vencidos, quebró las filas musulmanas. La dureza de la lucha era terrible. Ambos bandos batallaron sin descanso hasta que las tropas de Alfonso VIII llegaron a la tienda de Miramolín, el caudillo árabe. Allí los mandobles se volvieron épicos, pues la tienda estaba defendida por mil negros encadenados entre sí, armados con lanzas contra las que se estrellaron los jinetes cristianos. Volvieron a la carga, pero esta vez pusieron los caballos al revés, con los cuartos traseros cara a los defensores negros con objeto de que los coceasen. 

Tampoco esta vez se tomó el real de Miramolín. Sancho de Navarra se lanzó a la tremenda y en un ataque suicida comenzó a repartir espadazos a diestro y siniestro abriéndose paso entre la escolta negra. Por la brecha penetraron los cristianos y Miramolín, espantado por el hecho, emprendió la huida mientras el desánimo cundía entre las filas almohades que se dispersaron. 

Los castellanos se quedaron con el estandarte almohade y lo llevaron el monasterio de Las Huelgas, en Burgos, para acreditar aquella portentosa victoria y, por su parte, Sancho de Navarra incluyó en su escudo las cadenas que cercaban la tienda de Miramolín y que todavía campean hoy orgullosas del bravo gesto de aquel rey apodado "el Fuerte". 
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A partir de esta batalla ya nada fue lo mismo para las fuerzas almohades y para la España musulmana. Las Navas de Tolosa fueron la puerta que se abrió hacia la conquista del valle del Guadalquivir.

jueves, 8 de diciembre de 2016

LAS VÍRGENES NEGRAS

JUAN ESLAVA GALÁN.


Agia Theotokos Sophia.   

                      Entre los siglos XI y XIII se despertó en Europa un súbito fervor hacia la Virgen María , incluso en detrimento del culto de Jescristo y de los Santos. Parece que los benedictinos fomentaron esta devoción como parte de su plan para cristianizar santuarios prehistóricos en los que se rendía culto pagano a cuevas, manantiales, árboles o piedras. De este modo eliminaban una competencia que la Iglesia no había conseguido desarraigar en un milenio de ejercicio.

                    La imagen de la Virgen, halladas en aquellos santuarios siempre en circunstancias milagrosas y por pastores o campesinos (nunca por escribanos, recaudadores ni frailes), justificaban la apropiación del lugar por la autoridad eclesiástica [Según Jean Huynen, "La leyenda del descubrimiento milagroso de nuestras estatuas asocia a él frecuentemente un toro (o un buey). Este animal es el que, arando un campo, desentierra la estatua, la hace surgir de bajo tierra, y la estatua se convierte en una fuente fecunda de beneficios para los habitantes del lugar. Lo mismo ocurre en Manosque, en Err, en Font-Romeu y en Prats de Molló, en los Pirineos Orientales, donde el toro "descubre" a Nuestra Señora del Coral en el hueco de un roble, el árbol sagrado de los druidas (...). A veces, el toro es reemplazado por otros animales, teniendo sin embargo el mismo valor simbólico viril, como el ciervo que dibuja en el suelo el plano de la iglesia de Puy o el león del milagro de Notre-Dame de l´Apport..."]. Para justificar el hallazgo se alegaba que la imagen de Nuestra Señora había permanecido oculta durante siglos, después de que los cristianos la sepultaran para librarla de los moros.

                   Las Vírgenes Negras aparecidas en antiguos santuarios paganos solían ser diminutas y reproducían el modelo bizantino de la Agia Theotokos o Santa Madre de Dios, una Virgen mayestática que sostiene al Niño en el regazo o sobre la rodilla izquierda, sin comunicarse con él (como harían las vírgenes góticas del periodo posterior), limitándose a servirle de trono, el trono de la Sabiduría divina.



En muchos santuarios europeos cristianizados mediante la oportuna aparición de una Virgen se veneraba anteriormente una piedra santa. La adoración de betilos  o piedras sagradas es universal. En las antiguas cultuas mesopotámicas y mediterráneas se denominaban "abadir", "omphalos""betilos" (del hebreo Beth-El: "la casa de Dios"). La piedra sagrada identifica el santuario como centro del mundo y se considera morada del alma. Era, a la vez, imagen de la Diosa Madre fecunda, el huevo primordial depositado en el interior de la caverna, la matriz de la tierra, junto a un manantial que representa su sangre vivificadora. 

                       La Diosa Madre proyectaba su fertilidad en las cosechas, los rebaños y las parturientas. Era la diosa de la que dependía la prolongación de la vida.

                      La fusión de dos conceptos religiosos, el dios masculino de los pastores nómadas y el femenino de los agricultores sedentarios, relegó a la Diosa Madre a la condición de esposa del dios, subordinada a él. En este papel la encontramos transformada en Isís, Cibeles, Tanit, Astarté, Artemisa, Deméter, Ceres, Hécate, Diana, Noctiluca y otras deidades [En Éfeso, en el templo de Diana, una de las siete maravillas del mundo antiguo, se veneraba una estatua negra de la Gran Diosa, hermana del Apolo solar. No parece casual que sea preciamente en Éfeso donde la tradición cristiana sitúa a la Virgen María tras la muerte de Jesucristo, y su Asunción a los cielos desde el lugar denominado, en turco, karatchalti, es decir, "la piedra negra".]

                      Las primeras diosas madre se representaban por piedras esféricas. En la literatura romana se se mencionan muchas pideras sagradas o silex religiosa. [Sobre el significado del culto a las piedras véase Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1975, pp.253 y ss]. Los primeros penates, o dioses familiares, eran piedras. Una piedra negra era la imagen frigia de la Diosa Madre que llevaron de Pessinonte a Roma en tiempos del rey Atalo. Otra piedra negra y pulida, quizá un meteorito, representaba a Gea Cibeles, diosa de la tierra. Una tercera, esta vez, en forma de losa, con antiguas inscripciones (la lapis niger), era igualmente objeto de culto [Algunos la creían losa sepulcral del mítico Rómulo del pastor Faulstulus que apadrinó a los gemelos Rómulo y Remo, criados por la loba].

                    Cuando el imperio se convirtió al cristianismo, los obispos intentaron desarraigar los cultos relacionados con piedras o cuevas sagradas. Circuncribiéndonos tan sólo a España, en 681 y 682, los Concilios de Toledo excomulgaron a los veneratores lapidum o adoradores de piedras, una medida que no rutió el menor efecto. En vista del fracaso, la Iglesia tuvo que admitir una solución de compromiso, un sincretismo cristiano-pagano. Ya que el pueblo sencillo continuaba aferrado a aquellas toscas representaciones de la Diosa Madre, lo mejor era cristianizarlas, adaptarlas a las nuevas creencias. Así fue como, a partir del siglo XII, una multitud de Vírgenes Negras se instaló en los antiguos santuarios de la Diosa Madre. Por doquier los dólmenes y cuevas sagradas se convirtieron en iglesias o ermitas consagradas a Nuestra Señora.

                  La cristianización de las piedras sagradas paganas mediante adición de una Virgen Negra se mantuvo vigente incluso en la época de la conquista de América, en pleno siglo XVI. La mexicana Virgen de Guadalupe  no es más que la cristianización de la divinidad náhuartl de la tierra y la fertilidad, la diosa Coatlicue  (en náhuatl, cóatl-cuéitl) que los aztecas veneraban en el monte Tepeyac  en la figura de una piedra [Benardino de Sahagún en su Historia General de las cosas de la Nueva España (1576) escribe: "Cerca de los montes hay tres o cuatro lugares donde solían hacer muy solemnes sacrificios, y que venían a ellos de muy lejanas tierras. El uno de éstos es aquí en México, donde está un montecillo que se llama Tepeacac, y los españoles llaman Tepeaquilla y ahora se llama Nuestra Señora de Guadalupe; en este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los dioses que llamaban Tonantzin, que quiere decir Nuestra Madre; allí hacían muchos sacrificios a honra de esta diosa, y venían a ellos de muy lejanas tierras (...); y ahora que está allí edificada la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe también la llaman Tonantzin tomada ocasión de los predicadores que a Nuestra Señora la Madre de Dios la llaman Tonantzin.".]. Esta conversión no es un fenómeno exclusivo del cristianismo. Recordemos la piedra negra Kaaba, venerada en la Meca, un antiguo símbolo de fecunidad y fertilidad [Kaaba, que significa, literalmente "la tetuda", la Núbil, o sea, la Diosa Madre].

                      Las imágenes antiguas de las Vírgenes Negras suelen presentarla sobre una descomunal peana casi siempre esférica y desproporcionada respecto a la imagen misma, que suele ser minúscula [Apenas a 70 cm de altura; 30 cm de anchura y 30 cm de profundidad]. 

      En realidad, la peana era, al principio, la gran esfera de piedra del santuario precristiano que unas veces se destruyó y otras se disimuló como peana de la imagen, a menudo, cubierta con un ostentoso manto [En alguna ocasión se trata de piedras en su estado natural, como los oscilantes del santuario de Muxía, en la costa gallega, supuestos fragmentos petrificados de la barca en la que llegó la sagrada imagen a aquellas costas, a los que se atribuyen propiedades curativas y oraculares.].

                      En cualquier caso, las piedras consagradas a la Diosa Madre sirvieron para soportar una Virgen Negra o, más raramente, una cruz o la imagen de un santo. Una oportuna leyenda justifica cualquier asociación: la Virgen del Pilar  se apareción a Santiago encima de un pilar de piedra o columna que está expuesto al beso de los fieles (como la Kaaba de la Meca). De este modo, no había reparo en que los fieles adorasen la piedra que era sustento y peana de Nuestra Señora. La jerarquía eclesiástica confiaba en que, con el tiempo, la adoración se transmitiría a la imagen superior, humana y maternal, mucho más atractiva que la arcaica e inexpresiva piedra. Sin embargo el monolito esférico siguió constituyeno parte muy especial de la nueva representación de la Diosa Madre, convertida ahora en Madre de Cristo. Y, como tal, más o menos disimulada, perdura hasta nuestros días, aunque a veces la esfera se ha convertido en peana de la cruz como vemos en El Salvador, antigua mezquita mayor de Sevilla.

                  El origen pagano de estas advocaciones marianas se observa todavía en el rito que cumplen las personas piadosas. En la antigüedad los devotos de la deidad daban la vuelta al betilo o, al menos, lo tocaban. En el "Promontorio sacro" (Hierón Akroteríon), identificable como el cabo San Vicente, cuenta Estrabón: "Se ven unas piedras a las que dan la vuelta los que se acercan al lugar, siguiendo la costumbre del país" [Estrabón, Geografía, Libro III,1,7. La noticia procede de la descripción topográfica de Artemidoro de Éfeso (Geographoúmena). Lo confimó Lite de Vasconcellos, Religiöes da Lusitânia (1897-1913; tres volúmenes), 1987, I, p. XXIV, II, 1907, pp. 10-14, 101, 207-210. El santuario existe todavía, en forma de ermita a la que se accede a través de una fortificación]. Hoy, en los santuarios de la Virgen (y en los de algunos santos) los devotos ascienden por unas escaleras angostas hasta el camarín de la imagen y bajan por otro tramo en el lado opuesto después de tocar la imagen o santiguarse al pasar por el lugar sagrado, el camarín propiamente dicho, que está fundado sobre la roca. En la ermita de San Frutos de Duratón (Segovia), el devoto entra por una puertecita abierta a un lado del altar, gatea en torno al betilo cobijado en aquella estrechura y sale por otra puertecita en el lado opuesto.

IMÁGENES.

SANTUARIO DE LA VIRGEN DE TISCAR.

PIEDRAS SANTAS DE FISTERRA.

 

PIEDRA SANTA. MALALCAHUELLO.



 Bastantes Vírgenes aparecidas en santuarios tradicionales suelen ser negras. En ocasiones la advocación mariana ha mantenido la denominación pagana y la Virgen se llama, simplemente, "la Negra" [La Virgen Fuensanta de Martos , en Jaen. La fuente que mana junto a su santuario es también "la de la Negra"].

                ¿Por qué se representa como una mujer de piel oscura, o incluso completamente negra, a una mujer mediterránea que históricamente debió de ser blanca, o en todo caso, morena?

                Algunos autores explican el predominante color negro de estas imágenes porque es el color de la alegórica esposa de Dios en el Cantar de los Cantares, el podema de amor atribuido a Salomón, que comienza: Negra, soy, pero hermosa. /Hijas de Jerusalén... [ ].

                Jean Huynen cree que simplemente reproducen el color dominante en las imágenes de los dioses precristianos que las precedieron: "Isis,Fortuna   Cibeles  , Artemis  fueron con frecuencia representadas negras mientras que la Gran Bretaña conoció una BLACK ANNIS." [Huynen, Jean, El enigma de las Vírgenes Negras, Plaza y Janés, Barcelona, 1977, p.22].

                    Otros autores señalan que el color negro simbolizaba la sabiduría en ciertas sectas orientales que pudieron influir en los cruzados europeos. En árabe, las palabras negro y sabio tienen la misma raíz. De kala, negro en sánscrito, el idioma sagrado de la India, deriva el nombre de la diosa Kali, la Negra  [Y todavía existe otra palabra con idéntico origen, caló, que utilizan los gitanos para nombrar a su raza. No es coincidencia, puesto que los gitanos proceden de la India y se relacionan, de algún modo, con los ascentrales cultos de la Diosa Madre. La Virgen gitana por excelencia es Sara la Negra , la de Santa María del Mar, en la Camarga Francesa.]. Quizá este principio femenino considerado encarnación de la sabiduría favoreció la promoción de la histórica madre de Cristo, que hasta el siglo XII había pasado casi inadvertida, al primer plano de la fe como trono de la Sabiduría Divina.

IMÁGENES.

 
Mariac: La virgen Negra.

 
La Diosa Madre y las Vírgenes Negras. 



Algunos autores señalal la abundancia de la ubicación de la mayor parte de los santuarios ancestrales en lugares donde la naturaleza manifiesta su esplendor (cuevas , manantiales, bosques, cumbres, rocas...). El devoto que acude a estos lugares experimenta una sensación de alivio, o paz espiritual, como si lo invadiera una energía vivificante que emana del lubar [Jean Huynen en su clasificación de las Vírgenes Negras francesas distingue distintos tipos de santuario: ("Una cripta -Chartres , Clermont, Guincamp, Marsella, Mont-Saint-Michel-... una iglesia negra -Manosque, Aurillac-, o una capilla gruta -Rocamadour-). Incluso en los casos en que la estatua no estaba directamente presente en algunos de estos lugares, siempre iría asociada a su santuario o a su leyenda uno de esos elementos oscuros, secretos, ocultos; criptas y grutas, pero también pozo sagrado, abismo, tumba o sarcófago..." Op. cit,. 0. 156]. Ello se debe, dicen, a que la Tierra no es un soporte inerte, sino un complejo organismo dotado de vida. Aseguran, los que dicen saber de este asunto, que las vibraciones de la Tierra son especialmente intensas en los lugares afectados por corrientes electromagnéticas que recorren el terreno más o menos profundamente, dependiendo del relieve, de la conductibilidad del suelo y de la presencia de agua. Estas corrientes se acrecientan en los lugares recorridos por corrientes subterráneas, especialmente si las fallas ponen en contacto tierras de diferente naturaleza. Suponen que la confluencia de una corriente telúrica con otra área produce un nódulo de energía que se manifiesta en la presencia de bosque espeso y exuberante vegetación.

                    El equilibrio del hombre, su salud y su bienestar dependen de su adaptación a los ritmos de la Tierra. En los lugares señalados por la confluencia de corrientes telúricas y áreas, "el espíritu alienta", el hombre recupera su armonía con la naturaleza, libera sus tensiones, se relaja. Esos parajes, que algunos autores denominan "lugares de poder", han atraído al hombre desde la más remota prehistoria y constituyen sus más primitivos santuarios y quizá, incluso, el origen de las religiones.

                   Esta explicación parece acientífica a muchos racionalistas. Lo sea o no, es innegable que los santuarios marianos de origen medieval suelen enclavarse en lugares "numinosos" en los que la naturaleza se manifiesta generosa: cumbres de montañas, arboledas espesas, manantiales, grutas, acantilados batidos por el mar... A veces concurren varios elementos como en el santuario de Tíscar  y Cueva del Agua , cerca de Quesada, Jaen; en el de Ojo Guareña  , en Burgos; en el de La Balma , en Morella, o en los universalmente conocidos de Montserrat  , Covadonga  o Guadalupe .

                       El lugar ideal para enclavar un santuario es un manantial junto a una gruta, en un lugar alto. Si no existe una caverna natural, puede fabricarse en forma del dolmen o de ermita, un lugar oscuro para la piedra santa, que invite al recogimiento. La caverna, o su equivalente artificial, es la imagen de la Diosa Madre, la matriz generadora de la naturaleza significada en una oquedad de la tierra. El santuario reproduce el proceso procreador. Húmedos y angostos pasillos conducen a la celda uterina rematada por una cópula.

                      El agua es imprescindible en el santuario, en su representación de la sangre de la tierra, el líquido que fertiliza la piedra. Agua de un manantial, de una cascada, de un pozo, de una fuente. De aquí el toponimo Fuensanta  , la Fuente Santa, tan divulgado en nuestra geografía mariana.

                    Que me perdonen los devotos, pero estoy por decir que lo importante no es la imagen, sino el lugar donde se venera , el santuario. Esto explica que casi todas las ermitas de Vírgenes Negras estén en descampados alejados del pueblo. Nunca falta una leyenda piadosa que explique que la Virgen deseaba permanecer en el lugar donde se encontró, junto a la fuente, la cueva o la piedra del santuario pagano, y que cuando intentaban trasladarla a la iglesia más cercana o al pueblo, escapaba y reaparecía en su santuario. Era allí, y no en otro lugar, donde quería ser venerada.

                  La clerecía explotadora del santuario se ha esforzado por borrar los elementos paganos del antiguo culto a la piedra. Por eso han revestido de amplios mantos o han cubierto con aparatosos frontales de plata las piedras santas sobre la que habían colocado la diminuta virgen (así lucen, por ejemplo, la Virgen de la Cabeza   , de Andújar, o la de la Asunción  en Elche). [Un pastor halló la imagen de esta Virgen Negra en 1227 en la concavidad formada por dos peñas, junto a una campana; es decir, en un dolmen o caverna. Como en los demás casos, los santeros han logrado deshacerse de la molesta y, en apariencia, absurda esfera de piedra, especialmente cuando llevaba ya siglos oculta de la vista de los devotos, pero, en cualquier caso, el temor reverencial aconsejó no prescindir del todo de las formas de la piedra. Las Vïrgenes Negras han podido perder su negritud, pero perduran esas enormes y antiestéticas peanas esferoides que son unas veces una nube, otras veces un globo terráqueo cuajado de angelitos, otras, dos almohadones, o el barroco frontal de plata de la Virgen de la Cabeza]. En todos estos casos la piedra ha desaparecido después de siglos, pero perdura su cubrimiento, que con el tiempo se había transformado en un elemento identitario de la imagen.

                   Una de las escasas piedras santas  conservadas apareció en los años setenta, en el subsuelo de la primitiva catedral gótica de Jaén (de planta más amplia que la actual). Hoy se conserva junto a la iglesia de Santa María de Arjona. En ella se observa la entalladura que sirvió para encastrar la imagen de la Virgen, probablemente la llamada del Soterraño, hoy desaparecida, pero profusamente mencionada en textos medievales. Otra piedra santa similar ha ido a parar, con la mundanza de los tiempos, al muro de la catedral de Cefalú  en Sicilia. Considerada santa en tiempos, incluso le hacían réplicas en bajorrelieves como exvotos.

                    Por todas partes, las antiguas imágenes y cruces se yerguen sobre monolitos a veces disimulados por el tiempo o transformados en pesados pedestales cúbicos o fustes de columnas que sostienen cruces o imágenes.

                    En casi todos los santuarios de Nuestra Señora, y en algunos de otras advocaciones, existen pozos o manantiales sagrados, las Fuensantas, Aguas Santas o Pozos Santos, tan abundantes en España. En el caso de San Andrés de Teixido , es la fuente de los tres caños, a un paseo de la ermita  , lugar de discretos rituales, como la ofrenda de hierba namoradoira o hierba del amor. El contenido sexual, , propiciatorio de las cosechas, de los ancestrales cultos agrícolas, aún perdura, a pesar de la represión sexual impuesta por la Iglesia. "Ramerías", denominaba a las romerías el presbítero cordobés don Luis de Góngora. "Mucha misa, muchos rosario, sí, se me quejaba un cura asturiano, pero después piérdense las parejas detrás de un setu y facen guajes" (el buen cura fingía desconocer los conceptos condón o píldora del día después). Un autor del siglo XVIII se asombra de que en la romería de la Virgen de la Cabeza "la turba de devotos no repara en nombrar a la purísima madre de Dios con aquellas expresiones rústicas e insolentes que ha inventado el amor profano y la licenciosidad del vulto [...] hay feria abierta en donde se comercia con libertinaje y palabras deshonestas [...] hay impuros movimientos y bailes desconcertados delante de las mismas sagradas imágenes que adornan con ramos, flores, luces y buenas alhajas...". Yo mismo, con estos ojos que se han de comer los gusanos para después reverdecer al día del Juicio Final, he asistido atónito, a la entrada de un devoto almonteño en el santuario de la Blanca Paloma , el cual, en el paroxismo de la devoción, le gritó a la Virgen este delicado piropo: "¡Qué guapa eres, joía y que lástima que tengas el chocho de palo!".

                    Sí, amado lector, los piadosos y escandalizados sacerdotes no alcanzaban a comprender que precisamente aquellas imágenes y aquellas romerías eran más materia del amor profano que del amor divino tal como ellos lo entendían. Porque antes de que el cristianismo intentase amordazar a la Diosa Madre, evidentemente sin conseguirlo, el amor profano que exalta la fecundidad y el sexo había sido el atributo esencial de la Diosa Madre que el culto de laVirgen María, con todo su acento puesto en la pureza, no conseguía erradicar.

                   La piedra sagrada, en otros casos, mantiene su relación con la fertilidad incluso después de perder su asociación con una Virgen o Diosa Madre. Es el caso de la piedra negra del Sacromonte de Granada  .  En la fiesta de la Candelaria, las solteras se sientan en ella para que les salga marido. El padre Sarmiento hablaba de otra, la Cama de Home, al pie de la ermita de San Guillerme , Fisterra (Coruña), sobre las que copulaban las parejas estériles (de esas piedras hay varias en Galicia). En Guimaräes  (Portugal) las mujeres lamen los pezones de la Pedra Leital para que les acuda la leche. En Francia, en la capilla de San Brades , las mujeres aprietan entre los muslos un marmolillo fálico, "la piedra de san Nicolás", que se supone es el pene del santo. En el país del amor, los santuarios no se andan con chiquitas y menos aún el santoral. Ahí tenemos a san Foutin, primer obispo de Lyon, probablemente fabuloso, que oculta una cristianización del dios pagano Príapo  , el del falo erecto. El nombre se relaciona con el francés medieval foutre (follar) y de ahí que en la Edad Media fuera tan popular como protector de la coyunda, que velaba por la fertilidad de las mujeres y por la potencia sexual de los hombres. Sus devotos acudían en peregrinación al santuario, en Varages  (Provenza), y le dejaban como exvoto una picha floja de cera. Se quejaban las beatas, cargadas de razón, de que cuando soplaba el viento, los cipotes cerúleos se agitaban en sus cuerdas y las distraían de sus devociones. En la Iglesia de Embrun , departamento de los Altos Alpes, se veneraba un pene de gran tamaño supuesta reliquia de san Foutin. Los devotos derramaban vino sobre el bálano que, recogido en la bandeja de la base, se transformaba en "vinagre santo" remediador de la impotencia y la esterilidad. Todavía en el siglo XVII, las mujeres insatisfechas raspaban el falo de la imagen primitiva (seguramente un Príapo romano, insisto) y añadían las limaduras a la comida del marido para que despabilara en sus deberes conyugales. El falo del santo nunca menguaba porque los curas custodios del santuario lo habían sustituido por un cilindro de madera que atravesaba la imagen y se alargaba cuando era menester empujanto el extremo opuesto.

                      Otros santos de la misma función fueron Ters, o San Ters, en Amberes; los santos Cosme y Damián  venerados en Isernia (Italia); san Guignolé, primer abad de Landévennec (el nombre procede gignere, preñar), cuyo santuario resultó destruido en 1793; san Guerlichon (Greluchon) en Bourg-Dieu; san Gil (o Gilles, de Aegidius) en Cotentin, y san René, en Anjou  (nombre que se confunde con la palabra francesa reins, "riñones", en los que se creía residía la fuerza sexual). En el santuario de San Fiacre , cerca de  Meaux, se veneraba una piedra que preñaba a las mujeres que se sentaban en ella sin bragas; en la iglesia de Orcival, de Auvergne  (camino de Santiago francés), las mujeres abrazaban un pilar fálico para quedarse embarazadas. Cuenta Dulaute que una peregrina entró en el santuario y le preguntó al cura por el pilar que preña a las mujeres. A lo que el sacerdote respondió, obsequioso y risueño: "Delante de ti lo tienes. Yo soy el pilar."

                Termino ya, que se mete uno en harina y se embala. En España sobreviven hoy unas setenta Vírgenes Negras, repartidas entre las diecisiete taifas en las que se descompone el territorio nacional, pero antiguamente fueron muchas más [En otros países de la cristiandad fueron igualmente numerosas. Ean Begg cree que hubo unas cuatrocientas cincuenta en Europa; Marie Durand-LeFebvre señala la existencia de 272, casi todas en Francia]. Algunas que eran negras en origen se sustituyeron por una imagen de tez clara al renovar la imagen; otras, se han blanqueado aprovechando una restauración [A la Virgen de Regla , patrona de Chipiona (Cádiz), le cambiaron el color negro por el actual rojo oscuro hacia 1590; más recientemente, a la  Virgen de la Capilla  , patrona de Jaén, que era completamente negra, la han restaurado dejándola blanca]. En algunas, finalmente, se ha descubierto el proceso contrario: eran blancas y las ennegrecieron por accidente (barnices degradados) o por el deseo de ennegrecerlas para concitar devociones, puro marketing.

                    Las Vírgenes Negras nos remiten a cultos que se pierden en la noche de los tiempos, a ritos que sobreviven teñidos de folclore o de fiesta. La memoria antigua de este pueblo viejo conoce la virtud de los antiguos santuarios, sabe que el amor a la vida puede manifestarse bajo distintas y hasta contradictorias formas, por más que los modernos usurpadores de los antiguos santuarios se esfuercen en reprimirlas.