sábado, 7 de abril de 2018

BENEDICTO XIII: UNA TENACIDAD A TODA PRUEBA. LA ROCAMBOLESCA HISTORIA DE SU CRÁNEO.



No sé si se tratará de un tópico de los muchos que existen en España con respecto a los habitantes de las distintas regiones, como los que dice que los catalanes son avaros, los andaluces graciosos y los madrileños chulos, pero a los aragoneses siempre se les ha descrito como tozudos y tenaces a más no poder. Si esto es así, su mejor representante sería Pedro Martínez de Luna, más conocido como el Papa Luna o Benedicto XIII, aragonés de pura cepa, nacido en Illueca, Zaragoza en 1328. 

Pertenecía al ilustre linaje de los Luna que ayudaron a Enrique de Trastámara frente a su hermanastro Pedro el Cruel. Él, en persona, salvó la vida de Enrique en una situación muy comprometida, cuando las tropas leales a punto estuvieron de acabar con el bastardo. 

A Pedro le tocó vivir una de las épocas más convulsas de la historia de la Iglesia, el famoso Cisma de Occidente, en el que hubo momentos en los que papas ejercían como tales, en medio del desconcierto de los fieles y de las intrigas políticas que poco tenían que ver con la vida espiritual. A instancias de Pedro el Ceremonioso, rey de Aragón, el papa Gregario XI nombró cardenal a Pedro de Luna en el palacio papal de Avignon, cuando contaba 47 años. 

Poco después el Papa de Avignon decidió volver a Roma. Hacía más de 70 años que el papado residía en esta ciudad francesa y Pedro acompañó al Papa en este viaje que iba a ser el principio de aquel Cisma que tanto daño causó en la cristiandad. 

Al morir Gregario IX, los romanos se negaron a que fuera elegido como Papa algún cardenal que no fuera italiano. Los cardenales, que en su mayoría eran franceses, presionados por el ambiente que rodeaba el Sínodo, eligieron al arzobispo de Bari, y la designación no pudo ser más desacertada. El nuevo Papa, Urbano VI, demostró ser tiránico y arbitrario. Los cardenales le abandonaron y se fueron de Roma, alegando que la elección no había sido válida por la coacción de la que fueron objeto. Nombraron a otro Papa, Clemente VII, que se quedó en Avignon. Ya teníamos a dos Papas en la silla de Pedro, cada uno con su curia y sus propios cardenales. 

El Papa de Roma y el de Avignon buscaron sus apoyos correspondientes a lo largo y ancho de Europa. A Pedro de Luna, digamos que le tocó hacer campaña a favor de Clemente en la Península y más tarde en Francia, Flandes e Inglaterra. Incansable, inteligente y gran dialéctico, su fama creciendo y su prestigio también, por lo que a la muerte de Clemente, los 21 cardenales de Avignon votaron a Pedro como Papa y tomó el nombre de Benedicto XIII.

Con 66 años se convertía en el pontífice número 203 de la historia papal. 

Los reyes y también los laicos intentaron buscar una solución al Cisma, con dos Papas, que ya se prolongaba demasiado tiempo. Los intereses políticos tenían mucho que ver con esa búsqueda de soluciones, y los monarcas obedecían a uno y otro papa, según les convenía. La corte papal de Avignon, con Benedicto XIII al frente, pasó momentos de gran penuria, cuando
incluso sus propios cardenales le pidieron que renunciase, pero no era el Papa hombre al que se pudiera convencer con facilidad. Siguió en sus trece, nunca mejor dicho! aunque pasó temporadas aislado en su fortaleza contando sólo con el apoyo de unos pocos fieles. Con la ayuda del rey de Aragón, Martín el Humano, logró salir de Avignon y no regresó jamás allí. Pero esta huida hizo que los franceses retornasen a su obediencia, al tiempo que sucedía lo mismo con Córcega, Cerdeña y Gales. 

En Pisa se reunieron cardenales, obispos y cristianos europeos con el deseo de acabar de una vez por todas con la división reinante, y sin contar con los papas existentes, eligieron uno nuevo con lo que la situación se complicó todavía más. Ninguno de los tres Papas quería renunciar. 

Benedicto XIII decidió refugiarse en su tierra natal, Aragón, harto de los continuos sobresaltos de un pontificado tan ajetreado. Mientras, murió su protector Martín el Humano, sin descendencia. Benedicto XIII intervino en el famoso Compromiso de Caspe por el que los territorios de Martín intentaron encontrar un nuevo rey sin tener que recurrir a guerras y enfrentamientos, pues los pretendientes eran muchos. Gracias al Papa y a sus grandes dotes diplomáticas, en 1412, se eligió para la corona de Aragón a Fernando de Antequera, de la dinastía Trastámara con lo que se zanjó la cuestión a gusto de todos. En agradecimiento, Fernando le brindó su obediencia, al igual que Castilla y el Papa Luna creyó que podría terminar su pontificado en paz en tierras aragonesas. 

¡Pero cuán lejos estaba de ser cierto! Se reunió un nuevo concilio, el de Constanza, en el que participaban cardenales, embajadores, obispos de todas las nacionalidades y de todas curias buscando, de nuevo, una solución al panorama papal. Los papas Juan XXIII y Gregorio XII renunciaron, pero a Benedicto XIII no hubo forma de convencerle. Hasta le visitó el emperador Segismundo para que renunciase en favor de la Iglesia, pero el aragonés le dijo que nones. El Concilio eligió un nuevo Papa y Benedicto XIII fue abandonado por todos. Incluso Fernando de Aragón le volvió la espalda y con razón el Papa Luna le dijo: "Yo te hice rey sin serio, y tu quieres que yo no sea Papa cuando realmente lo soy" Y es que estaba convencido de que la suya era la única legitimidad. En parte no le faltaba razón pues bien mirado era el único cardenal superviviente anterior al cisma fatídico. 

Se refugió en el Castillo de Peñíscola y poco le importó que el Concilio le hubiera condenado y perseguido. Allí resistió todos los embates y todos los intentos de acabar con él que llegaron incluso a intentar envenenarle. Nada torció su voluntad. Nada le hizo apearse de sus firmes convicciones. Era ya muy anciano, pero su voluntad era la misma de sus años jóvenes. 

Poco antes de su muerte nombró a cuatro cardenales con la exigencia de que a su fallecimiento eligieran sucesor. Y posiblemente tenía razón en su intransigente postura. Hasta San Vicente Ferrer, que fue su confesor, le daba la razón como Papa legítimo: "Benedicto era el papa legítimo, pero había que obedecer, ante todo, el mandato de Dios. Es decir, al de la unidad de la Iglesia." 

El 23 de mayo de 1423, con 95 años, moría en Peñíscola el Papa Luna, el Papa del mar como allí se le conoce, y allí fue enterrado, hasta que un sobrino suyo, Juan de Luna, lo llevó a Illueca, al castillo donde nació permaneciendo expuesto en la habitación donde vio la luz de este mundo. 

En Peñíscola, donde todo recuerda a este papa, encontré un folleto turístico en el que se explicaba la historia del pueblo y la vida de Benedicto en el castillo de origen templario, donde pasó los últimos años de su vida, y en un apartado decía que de forma totalmente secreta, en lugares de Centroeuropa se elige en nuestros días un Papa siguiendo el último mandato de Benedicto XIII. No sé si será cierto o será leyenda, pero constituiría un hermoso homenaje a un hombre que defendió su legitimidad contra viento y marea. 

Pero la historia de nuestro Papa no acaba aquí. Durante la Guerra de Sucesión española, unos soldados franceses asaltaron el castillo de lIIueca donde, por fin, reposaba Benedicto. 

El cuerpo fue profanado y arrojado por un barranco. Sólo se recuperó el cráneo que fue trasladado al pueblo de Sabiñán, también en Zaragoza y desde entonces se guardó en el palacio de los Condes de Argillo. Sin embargo, el 7 de abril del año 2000 el cráneo fue robado de su emplazamiento. ¡Qué más les podía pasar a los restos del irreductible Pedro de Luna! El ayuntamiento de Sabiñán recibió tres anónimos, por cierto, llenos de faltas de ortografía, en la que los ladrones solicitaban un millón de pesetas como rescate por la reliquia. Después de una cita fallida con los secuestradores del cráneo en un parque de Zaragoza, se recuperó el despojo. Por lo visto lo habían sustraído dos hermanos, del mismo pueblo o de sus alrededores, con el único fin de obtener algún dinero. Con este suceso el Papa Luna volvió a ocupar las páginas de la actualidad, pero después de una vida tan agitada es de desear que lo que queda de él pueda encontrar definitivamente la paz.

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